Olvidé algo hoy. Lo olvidé a eso de las ocho, y todavía no lo recuerdo: mi edad.
Así es: no sé cuántos años tengo. Muchas veces pensé en lo hermoso que sería no conocer la propia edad, y todas esas veces descarté la idea por utópica. ¿Cómo podría ser posible olvidarse de la propia edad, algo tan endemoniadamente fácil de calcular? Casi sin esfuerzo se puede saber. Pero lo he olvidado, ¡y no quiero recordarlo! Siempre me pareció una costumbre pestilente, esta de estar constantemente alerta de nuestras edades, como quien no puede soportar el lugar en el que está y mira el reloj a cada instante.
Ahora, por supuesto, tengo que hacer gran esfuerzo para detener los cálculos. No quiero repetirlos acá, a fin de que la fatal suma no aparezca.
Eventualmente la recordaré: no faltará la ocasión en que alguien crea necesario saber cuál es la suma de mis días dividido por 365. Pero tengo la esperanza de poder, alguna vez, olvidarlo definitivamente.
¿Ahora? Por ahora tengo alrededor de…
