En el blog de Caoilainn se está hablando mucho del destino y la fortuna, y pensé que sería igualmente apropiado compartir un juego que tengo conmigo mismo.
El juego es el siguiente: he elegido, muy concientemente, un número de la suerte. Es el número que, me prometí, jugaría en la quiniela algún día; y ese día saldría. Como es mi único número de la suerte, no me puedo permitir gastarlo en otra ocasión; como es mi único número, necesariamente saldría el día en que lo jugara. Jamás lo juego.
Día tras día leo los resultados de la quiniela, y respiro aliviado al ver que mi número no ha salido. Me felicito por mi decisión de no haberlo jugado, de serle fiel y de reservarlo para cuando salga. Y especialmente emocionantes son los días en que aquellos números más afortunados que el mío se acercan peligrosamente al mismo. Entonces siento que soy un niño que ve una película de acción y salta en el asiento mientras ve al héroe salvarse de cada peligro, largando sendos “uhs”, “ahs” y “guaus”.
